Esto no va, como se repite por ahí, de que hay que mirar los pequeños detalles de la vida con una especie de pasión, o de descubrir con nuevos ojos que lo maravilloso está en lo minúsculo y que es nuestra sublime sensibilidad la que hace comparecer el arcano secreto de lo frágil y lo exiguo…
Esto tampoco va de hacer grandilocuente la vida cotidiana. Creo, más bien, que es al revés: porque existe alguien Grande, lo pequeño se hace grande. Honestamente, una cerveza o la ropa tendida sólo son bebida y tela con pinzas. Creo que de la suma de dos cosas banales no sale una cosa magnífica, sale una cosa banal más voluminosa. Más bien, el misterio y el milagro se producen cuando uno las contempla a la luz de algo más extraordinario que les da una profundidad que sólo por sí mismas no tienen.
Es la vida diaria la que está hecha de un significado absoluto y misterioso que se filtra en pequeños detalles de lo cotidiano. (...) Lo pequeño no se pierde porque es magnífico en su pequeñez, lo pequeño de nuestras vidas no se pierde porque alguien sublime es capaz de protegerlo y conservarlo en el corazón. Y creo que eso significa “dar testimonio de la verdad”.
Del epílogo de Enrique Anrubia
Enrique Anrubia
(Valencia, 1975). Estudió filosofía en las universidades de Navarra y Valencia. Es profesor de antropología filosófica en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Ha publicado libros sobre hermenéutica, cultura contemporánea, cine, y fenómenos como el dolor o la soledad. Todas las palabras del mundo (Bookman, 2025) fue su primera incursión en el mundo de la literatura y ahora nos sorprende con esta nueva obra.